Mente

Historia sin fin: Hiero porque estoy herido.

Nos negamos a aceptar que la vida no está diseñada para que sea como siempre pretendemos y que queramos o no, siempre nos enseñará lo que necesitamos aprender.

¿No les pasa que en ocasiones ciertos temas se les anclan en la cabeza y les impide pensar en otra cosa y de alguna manera necesitan liberarse de ello?

Pues así estoy yo por cuenta de esta nueva pandemia. ¡No! No estoy hablando del Coronavirus (ese va a pasar en menos de lo que canta un gallo o estornuda un chino), Estoy hablando de esa epidemia de gente “rota” que va rompiendo a todo el que se le atraviesa bajo el pretexto de la decepción y el desamor que experimentaron.

En esta infección, el síntoma más predominante es darse a la tarea de perpetuar ese sentimiento de pena, angustia y dolor con el único propósito de mantenerlo ardiendo para poder proyectarlo –explícitamente- en otros y demostrar vehementemente que fuimos heridos, que no tenemos nada mejor que ofrecer y que bajo cualquier circunstancia siempre habrá que anticipar lo peor, dando lugar al mantra: “Hiero porque estoy herido”

Al repetirnos esto, buscamos eximirnos de la tarea de sanar, de depurarnos de nuestras dolencias emocionales (que aveces llegan a ser incluso físicas) y de hacer las paces con el pasado; por el contrario, queremos resolver todo con la técnica infalible de esta época post moderna, El famoso: ¡Bloqueo!, ¡bloqueo!, ¡bloqueo! (de WhatsApp, Facebook e Instagram respectivamente), acto que viene siendo igual al peluquín de Donald Trump: feo y totalmente desubicado.

Nos hemos acostumbrado a estar de “duelo”, a retroceder, lamentarnos y a magnificar las señales de alerta de catástrofe. Dedicamos nuestra existencia a aumentar el ego asociado al sufrimiento. Sí, el Ego. Aunque usted no lo crea (léase con voz de intro de serie ochentera), el Ego también interviene en esos instantes en los que creemos que los que nos pasó a nosotros, fue lo más fuerte, lo más hiriente, lo peor y que seguro esa otra persona no lo entiende porque simplemente mi duelo es el Rocky Balboa de los duelos.  

Perdemos tiempo valioso en esa revolcadera de bilis que nos da el recordar lo que “nos hicieron” y perdemos personas valiosas en ese continuo replicar de nuestros miedos porque nos negamos a aceptar que la vida no está diseñada para que sea como siempre pretendemos y que queramos o no, siempre nos enseñará lo que necesitamos aprender.

A este punto, está claro que hacernos la “Vístima” no nos va a solucionar nada, el proceso para acabar esta historia sin fin debe ser una práctica personal consciente de sanación, -aunque suene muy Dalai Lama- cada quien deberá decidir cerrar el decadente ciclo de matar o morir porque al final del día es evidente que todos terminamos perdiendo.

Por supuesto que no hay un método infalible para cambiar lo que nuestras experiencias nos han convertido y romper con esta cadena mísera que nos está llevando a relaciones que se acaban antes de que empiecen; por eso se vale intentar de todo: desde técnicas como el ho’oponopono (No, no es una posición del Kamasutra), hasta mandar todo a la mierda, pero de manera consciente para que no terminemos más untados y untando a los demás.

En todos estos años de experiencia como encomendada de las causas perdidas (Alias: Rehabilitadora de gamines), me he dado cuenta de que todo el mundo desea ser salvado, que la mayoría de nosotros no quiere herir, pero no sabemos cómo salir de ese espiral de destrucción; mejor dicho: somos bien pendejos.

La verdad es que nuestra arrogancia inconsciente nos impide llevar a cabo el único acto que nos puede salvar: Perdonar. Perdonarnos y reconciliarnos con nosotros mismos, porque al final, sabemos que somos el resultado de las decisiones que tomamos y que lo que realmente nos hirió fueron nuestras expectativas y no la Baracunatana esa o el Animal rastrero aquel.

Mente

Un clavo sí saca a otro clavo.

“El  texto de esta frase tiene mucho de cierto. Lo que hemos mal interpretado es el subtexto. El otro clavo no tiene que ser precisamente otra persona

Nuestra jerga popular tiene acuñado un sinnúmero de frases que representan nuestros sentimientos, decisiones y vivencias cotidianas.  Sin embargo, me atrevo a decir que «un clavo saca a otro clavo» es de las más emblemáticas.

Todos, absolutamente todos hemos sufrido una decepción amorosa. A algunos de buenas les tocó vivir esa experiencia en el jardín infantil o la escuela, donde «el profe» o «la maestra» era muy grande y no pasaba de ser un sueño, o simplemente algunos eran un «Cirilo», al que le gustaba la monita del salón que no le daba ni la hora.

Estos «traumas» eran fácilmente superados y por lo general no había corazón roto que un bombón o un regalo nuevo no pudieran reparar.Con el pasar de los años el tema se complica un poco, pues nos enamoramos cuando ya hay conciencia, maldad y alevosía en el ambiente. 

Nos involucramos en una relación buscando ese trozo de felicidad que por honor nos corresponde a cada uno, ese pedacito de cielo que el Señor ha reservado para que probemos su infinita gloria.

Después de tanta belleza, sanidad, gritos de alegría, ridiculez extrema y amor desenfrenado, de la nada y como un tsunami, llega ese día en que todo se nubla, el corazón se parte, el alma se enluta, la relación se acaba y solo queda enterrado, atascado, clavado en el pecho ese recuerdo que no nos deja avanzar, que nos deshidrata, que nos consume hasta los huesos.

En ese momento, donde todo sabe a dolor, donde ya ni comer es un placer, el más filósofo de nuestros amigos nos lanza la enigmática pero alentadora frase, que puede sentirse como una simple palmadita en el hombro o como un desfibrilador: «No te preocupes que un clavo saca otro clavo».

Con el tiempo se aprende que el texto de esta frase tiene mucho de cierto. Lo que hemos mal interpretado es el subtexto. El otro clavo no tiene que ser precisamente otra persona; una versión amorfa, bruscamente armada de todo lo que hemos perdido.

Nos hemos enfocado en salir presurosamente a buscar nuevos «clavos» sin pensar que estos pueden estar oxidados, descabezados o en el peor de los casos se parten al primer martillazo y terminamos con un hueco más grande y profundo; Con dos clavos incrustados que hasta en «el taller del Maestro» resulta una tarea que necesita de mucha herramienta para reparar el daño y pulir las estrías que quedan grabadas.

No nos detenemos a pensar que el clavo que saque al otro pueden ser esas pasiones, esos sueños que nos movilizan a diario.

El éxtasis de un beso puede ser sustituido por un deporte extremo que nos avive el alma, una cogida de manos por el contacto con las páginas de ese libro que siempre quisimos leer, las caricias en la piel por el viento de tierras lejanas que jamás pensamos conocer, el baile de los cuerpos por la articulación de las palabras en los poemas o artículos que siempre quisimos escribir y las palabras de amor y lujuria por una voz tierna que nos dice mamá o papá.

No se trata de olvidar, cuando se ha querido de verdad, con el tiempo recordar no duele. Tampoco de sonreír hipócritamente, ni de crear espejismos; sencillamente estos «clavos» son altamente efectivos porque no solo alimentan el cuerpo de vibraciones, sino que dignifican el alma, avivan el espíritu, generan creencia y voluntad para entender que somos más que madera y cemento, que hay algo más para intentar, algo más para conocer, que hay algo más en que creer.

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Propósitos de año nuevo. Intentar o hacer…

El intentar es solo un preámbulo. Cuando hay decisión y compromiso, uno hace o no hace.

Cada año nuevo empieza con una energía positiva desbordante que nos lleva a pedir deseos o mejor, a establecer propósitos que parecen una “machera”, lo último en guaracha.

Nos sentimos tan emprendedores, tan espirituales y tan aventureros que Bill Gates, Dalai lama y el Cazador de cocodrilos nos quedan pendejos.

Pero debemos admitir que somos o muy descarados o muy inocentes, porque si fuéramos más sinceros y/o suspicaces podríamos dilucidar que en resumidas cuentas estos “nuevos propósitos” son los mismos que vehementemente nos hemos establecido año tras año.

Y que son los mismos que todo el mundo establece para sentirse un poco mejor frente a la grotesca realidad de que el 80% de estos fervorosos deseos se quedan sin cumplir cada año.

A esto es lo que yo llamo: Un muletazo mental.

Nadie dice que ponerse metas sea un desatino; por el contrario, sabemos que toda gran hazaña comienza con un deseo ardiente y, además, el ponernos metas siempre nos da una sensación de importancia y de dominio sobre nuestras vidas.

La fe que le ponemos a cada propósito nos hace sentir que el universo está en la obligación de confabular a nuestro favor; porque es que tanta lenteja, tanta estregada con jabón azul y tanto sahumerio no pueden ser en vano.

Sin embargo, con todo y lo efectivo que esto pueda ser, para que el “universo” deje de hacernos inocentadas cada año, hay que comprometerse.

Sí, hacer un compromiso que implique algo más que ir cada enero a donde la señora del tabaco o las cartas para que nos haga el hechizo para el mal de ojo, enamorar y retener a la pareja y atraer el dinero, cosa que puede considerarse otro acto de inusitada ingenuidad o zanganería si tenemos en cuenta que casi siempre, la señora es tuerta, soltera y pobre.

Aunque las intenciones son buenas conductoras de energía positiva y querer cambiar las cosas que consideramos negativas e innecesarias en nuestras vidas podría ser el primer paso para obtenerlo, todos sabemos que si un deseo no está acompañado de una decisión concienzuda, seguida de una acción contundente, no cambia nada.

Alguien dijo “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia” y eso ilustra la responsabilidad que tenemos como constructores de nuestra existencia.

Ciertamente es mucho más fácil quedarse bajo lo sombra de lo que pudo ser y sencillamente no fue porque” no convenía”, o arroparse con la cómoda frase “conste que lo intenté”, o más fatídico aún, dejarle la tarea a la “divina providencia” y si algo no sucede echarle la culpa a ella.

Aunque suene demasiado nefasto, el intentar es solo un preámbulo. Cuando hay decisión y compromiso uno hace o no hace. Si desde el principio nos programamos para intentar cumplir nuestros propósitos de año nuevo, encontraremos excusas, largas paradas, y hasta caminos de regreso, pero si nos mentalizamos en hacerlo obtendremos resultados.

Y los resultados por muy “malos” que hayan sido, al menos darán las pautas para las correcciones pertinentes a fin de establecer un nuevo punto de partida. Pero la inactividad a lo mucho dará nos remordimiento y esa escatológica sensación de “Y si lo hubiera hecho…”

No importa cuántas veces lloremos y juremos que este año si va a ser nuestro año, no importa cuántas veces lo publiquemos en Facebook, lo pongamos en el estado del What´s app o lo compartamos en Twitter, si no empezamos por ser y hacer lo que deseamos, tendremos otra hermosa época de muchos “intentos” pero de pocos resultados.

Porque por muy culebreros que pretendamos ser con el tema del destino, al final del año siempre habrá una dosis de frustración que nos recordará que podemos engañar a todo el mundo pero nunca a nosotros mismos.

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Ame lo que hace

10 preguntas para saber si amas lo que haces.

La gente que ama lo que hace, que sus decisiones y acciones no están regidas por la obligación o por un profundo miedo a la pérdida, sencillamente está destinada al éxito. Muchos que se esfuerzan y trabajan arduamente ligados al deber, a la frustración, a la falta de determinación o la arrogancia, ciertamente podrán tener logros: un trabajo, una pareja, una familia, pero seguramente no será el mejor trabajo, la mejor pareja o la mejor familia.

El tiempo que tenemos para transitar por este mundo es realmente limitado. Entonces por qué vivir subordinados a la voz apabullante de lo que irreflexivamente hacen las masas, cuando deberíamos emprender viajes -la mayoría dentro de nosotros mismos- que nos permitan vivir en auténtica gracia, sin tanto dramatismo que termina por dejarnos agotados  y frustrados. Realmente necesitamos llegar al final de nuestra vida para entender esto que nos es tan natural en la infancia, y desarrollar el suficiente coraje para seguir nuestra intuición y liberarnos de los millones de conceptos sobre lo que es correcto y lo que no es correcto. La tarea más difícil es empezar por enfrentarnos a nuestro más acérrimo enemigo: nosotros. Y cuestionarnos a cerca de que si lo que estamos haciendo en todas las áreas de nuestra vida, sería lo que desearíamos estar haciendo si nos dijeran que este es nuestro último día.

Los siguientes interrogantes son un minúsculo ejemplo de eso que deberíamos preguntarnos a fin de tener una idea sobre dónde estamos, con relación a donde queremos estar – es ideal hacerlo  frente a un espejo-.

  • ¿Qué soñaba en mi niñez?
  • ¿Qué hace que se marque una auténtica sonrisa en mi cara?
  • ¿Qué situaciones, cosas o lugares me hacían, hacen o me harían sentir en total tranquilidad, paz y reposo?
  • ¿Qué cosas hago sin miedo a fracasar?
  • ¿Qué cosas puede hacer sin que me obliguen o que sea un simple deber?
  • ¿Qué cosa haría sin cobrar un solo peso?
  • ¿Qué personas me hacen sentir confiada/o, o determinada/o?
  • ¿En todas las áreas de mi vida estoy siendo realmente leal a mis sentimientos y convicciones?
  • ¿Qué tan a menudo siento envidia (sea de la mala o de la “otra”) por la vida que viven las demás personas?
  • ¿Si hoy fuera el último día de mi vida, que estaría haciendo?

Ciertamente, esto es solo un bosquejo, cada quien deberá irle añadiendo preguntas de acuerdo con los demonios que cada uno sabe que tiene. Cuando se tiene un grado de inconformidad acompañado de un placentero estado de conformismo mueren todas las fuerzas de gestión y desarrollo de habilidades; aunque nos estemos destruyendo; generar cambios reales no es una tarea sencilla: Cuando se tiene para la “papita”, aventurarse a buscar para el salmón parece inútil e innecesario. Pero tal vez sea lo único importante que hagamos a lo largo de nuestra vida y de ese evento “suicida” podría depender el éxito o fracaso de nuestra existencia.

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Pa´ mis mujeres de todos los días

Hoy es un día especial porque se conmemora una de las luchas más titánicas y largas de la historia: la reivindicación de los derechos de unos de los pilares de la sociedad: La mujer.

Desde el lado más límbico de mi ser, hago un sentido llamado para que algunos cojan sus cartas, chocolates, sus rosas con todo y espinas, hagan un rollo y se los empujen orto arriba hasta que les llegue al cerebro, eso sí pasando por el corazón, ni más faltaba! Llámeme feminazi, (término que produce más risa que ofensa por lo ambiguo de la asociación) aguafiestas, amargada o como le plazca, no sé usted pero a mí me tienen los ovarios hinchados esos que hoy se explayan en prosa y el resto del año Chuky  les queda pendejo.

Otros menos hardcore, pero que fomentan y practican la “cotidiana” violencia de género, también pueden hacer lo mismo, sobre todo con las rosas con espinas.

Es que a un troglodita uno lo reconoce, no se le acerca y listo, pero con un abusador, un misógino, solapado detrás de una figura zalamera, uno no tiene oportunidad.

Y mis queridos Adanes no piensen que violencia es solo cascarle a la vieja; mentir, ser infiel y manipular también es violencia de género, gritarle: “Quien fuera mantequilla para derretirme en tu pan” o “Si tu culo fuera un banco te la metería a plazo fijo”, también es violencia de género. Creo que hoy no necesitamos que nos regalen tantas flores y chocolates, ni nos manden esas fotos y videos que lo que hacen es llenarnos la memoria del celular; con que paren ultrajarnos psicológica y verbalmente, violarnos y matarnos es suficiente.

 

Ahora mujeres, si nos vamos a decir putas entre nosotras, que sea para celebrar nuestras libertades, ya suficiente tenemos con los dolores de parto, el sangrado mensual y la fragilidad de nuestros corazones; estos castigos dados por la perturbación de nuestra madre Eva deberían bastar para entender que no hace falta más dolor y que ya es hora de hacer un pacto de no agresión entre mujeres.

 

Y por último, A las mujeres que están viviendo este día de manera idílica, pero mañana su realidad tal vez será igual de confusa y trágica, por que tienen como “compañero de lucha” a un patán heteronormal, infiel, borracho e hijo del estado patriarcal, las invito a que luchen todos los días del año por la instauración absoluta y permanente del buen trato, las palabras de agradecimiento, el reconocimiento público y el respeto de sus esposos, maridos, novios, machucantes y amigos.

AUTORECONOCIMIENTO, ACEPTACIÓN Y LIBERTAD.

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Evas perturbadas o de la agresión entre mujeres

Me he pasado noches enteras tratando de entender ese comportamiento errático que tenemos las mujeres. Ese que nos transforma de una madre o amiga amorosa y comprensiva en un ser belicoso y egoísta. Esaespecie de  “canibalismo femenino”.
El poder de las relaciones entre mujeres es tan fuerte que puede salvar o devastar una vida. Es de salvación cuando esa amiga, hermana o compañera de lucha nos cobija en su seno, sirve de bastón, llora nuestro sufrimiento y ese descargue nos alivia el alma y nos hace sentir inmensamente queridas.
Pero como dije antes, también son devastadoras cuando nos convertimos en las “malditas del paseo” y vemos una rival, una enemiga, en un ser que, en términos generales, es idéntica a nosotras.
Las mujeres tenemos una codificación de personalidad con rasgos muy semejantes, no importa si somos negras, blancas, altas o con necesidad de tacón No. 15.
Una característica que llevamos en la sangre, que pareciera haber sido trasmitida en la placenta por lo precoz de su aparición es: la bendita rivalidad.
Aunque pensándolo bien, más que genética o bioquímica es una herencia de la cotidianidad machista que paradójicamente nos han proyectado las mujeres más representativas en nuestra vida: nuestras madres, hermanas y amigas, y no los hombres como siempre hemos querido creer.
Somos infinitamente creativas cuando de agredir a una semejante se trata.Rebuscamos palabras o frases  hirientes que desgarren su ser y la hagan sentir minúscula; y ni hablar del campo sentimental o mejor dicho, el “campo de batalla”, donde nos volvemos kamikazes.
Sepultamos hasta nuestra dignidad para evitar “pérdidas” de amores que a veces ni nos corresponden, pero como no queremos entenderlo, nos amurallamos en sátiras, ofensas y “estrategias de guerra” que nos lastiman más a nosotras mismas que a quien las recibe, porque estamos cada día más solas, afligidas e insoportables.
No somos capaces de enfrentar el mayor de nuestros miedos: el abandono. 
Seguimos sintiéndonos tan culpables por la transgresión en el paraíso, que nos pasamos la vida arrastradas pidiéndole perdón a nuestro Adán, pariendo Caínes y Abeles y apedreando y exiliando a otras Evas.
Reconocemos nuestro error en minúsculas bocanadas de reflexión pero no somos capaces de aceptarlo.
Por eso, aunque sabemos que no tiene sentido continuar con esta maldición engendrada desde el vientre, seguimos taladrando el corazón de nuestras hermanas y crucificándolas para la redención de nuestros propios pecados, pues muy en el fondo sabemos que somos las únicas culpables de lo fangoso de nuestra vida y lo enlodado de nuestros sentimientos, pues nosotras hemos elegido como y con quien compartir lo que llevamos dentro.
La buena noticia es que estamos a tiempo de cambiar para que nuestras hijas no se pudran en la misma pestilencia. La mala noticia es que no queremos.
Cambiar no es fácil y menos en este caso, en el que se necesita tener un poco de “lesbianismo emocional” para compensar los siglos de auto-misoginia que hemos guardado en nuestra mente, porque aunque lo neguemos muchas veces nos despreciamos y no nos creemos dignas de recibir más que las sobras, cual viles “cerdas” en este mundo, que a veces nos parece un chiquero.
Nos han dicho que el dolor nos vuelve fuertes: BASURA! El dolor nos ha vuelto necias, calculadoras e insensibles.
Por eso, aunque nuestra alma quiere y cree en la camaradería femenina, nuestro ego, miedos, frustraciones y dolores del pasado nos obligan a seguir siendo esa medusa que todo lo convierte en piedra o esa hiedra venenosa capaz de matar todo a su paso.
Suficiente tenemos con los dolores de parto, el sangrado mensual y la fragilidad de nuestros corazones; estos castigos dados por la perturbación de nuestra madre Eva deberían bastar para entender que no hace falta más dolor, que debemos reconciliarnos con la divinidad que una vez tuvimos y que ya es hora de hacer un pacto de no agresión entre mujeres.
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“Lo primero que debes hacer es perderlo todo”

Millones de personas vamos por la vida caminando con la velocidad que esta nos demanda. A menudo no tenemos ni siquiera tiempo de reflexionar sobre muchas interesantes perspectivas que surgen para darnos un respiro en medio de semejante trote.

Nos hemos vuelto peritos en publicar, compartir y hasta predicar de manera irreflexiva las frases, imágenes y pensamientos de personas que evidentemente ya vivieron su proceso, enfrentaron sus demonios y obtuvieron sus propias respuestas.

Pero la práctica deja mucho que desear: mucho ruido y pocas nueces.

En un intento por -además de hablar del cuento- ponerlo en práctica, he probado entender ese tema de “perderlo todo” del que muchos están hablando.

Comprensiblemente, todos los seres humanos sentimos una necesidad enorme de encontrar “cosas” -la mayoría de veces- para acumular.

Acumulamos parejas, amantes, amigos, hijos.  Acumulamos una serie de sentimientos y emociones que van ocupando cada vez más espacio en nosotros, dándonos la aparente sensación de posesión sobre otras vidas, cual pagarés o cheques al portador.

Nos hemos convertido en recicladores de sueños, esperanzas e ilusiones. Un habitante de El Cartucho o de El Obrero nos queda pendejo cuando de reciclar se trata.

Pero por sobre todo, nos volvimos adictamente expertos en reciclar expectativas -¡Qué barbaridad!-. La expectativa es la desgracia que nos impide apreciar la divinidad del resultado de lo que sucede naturalmente.

Gracias a las expectativas y a la poca paciencia y resilencia que nos han quedado del facilismo en el que hemos caído, desechamos la oportunidad de vivir procesos de renovación y crecimiento, quedándonos bajo el marco de lo seguro, de lo estable.

De lo tangible pero insatisfactorio para el alma, queriendo forzar con ignorante maquinación los sucesos hacia nuestro favor, olvidando que la “vida es un Eco, donde todo lo que va, vuelve magnificado”.

Alguna vez leí que “el ser liberado solo espera lo que ocurre”. Inmediatamente me vino una pregunta, ¿liberado de qué?.

Con frases como estas y unas cuantas trompadas de la vida, voy entendiendo que cada quien debe vivir un proceso ineludible con el propósito de crecer, estancarse o perecer. Sí perecer. Por muy cruel que suene, algunos morirán en el intento.

Miles de suicidas continuarán agarrados a sus miedos, a sus falsas pertenencias y al apego por situaciones, formas de vida o personas que alguna vez idealizaron o sencillamente les aterra perder.

Se mienten todos los días diciéndose que hacen lo que hacen porque no tienen más opción o posponen lo obvio para vivir infelices pero seguros.

¿Cuántos de nosotros no han vivido 25, 30 o 40 años, sino el mismo año 25, 30 o 40 veces? Esto puede sonar aterrador, pero es la historia frecuente cuando cimentamos nuestra vida en lo que “tenemos” y no pensamos en soltar ni con el más catastrófico tsunami que nos genere la conciencia.

El punto neurálgico del proceso de crecimiento del ser, es el momento en que entiende que nada le pertenece, que es un inquilino de su escenario actual, que debe sacrificar todos los “perros” que ha criado para defenderse de la realidad que teme enfrentar.

El ego, el orgullo, los miedos, la jactancia, los prejuicios, todo esto debemos perder para empezar a reconstruir ese ser hecho a la “semejanza suya” que se adaptó demasiado a lo que le vendieron y que cada huida que planeó en esos momentos de franca rebeldía y decisión, terminó por convertirse en una cita con su conformismo y cobardía.

Ponemos una descomunal fuerza en la búsqueda de riqueza, felicidad, y otros “anhelos” que vendrían por añadidura si empezáramos por ser LIBRES.

Pero para ser libres hay que quemar las barcas, matar la vaca, romper aquellas cadenas que nos inmovilizan el alma y su ímpetu, y prolongan la frustración de no hallar el verdadero sentido de estar aquí, la pasión de arder en el júbilo y el gozo de crecer, la increíble experiencia de vivir.

La sinapsis hecha después de devanarme el cerebro con las citas, imágenes y demás material que ilustran este tema me deja el sabor de que solo nos salvará de la convaleciente existencia que hemos diseñado, el PERDERLO TODO: desaprender y crecer por medio de la renovación del entendimiento, a fin de que nuestro paso por este mundo, no sea una simple mancha gris, en la colorida y majestuosa estela que representa la vida.